“La lectura como placer”, José Emilio Pacheco

pachecoJosé Emilio Pacheco (1939-2014), poeta, narrador, ensayista y traductor mexicano, dictó este discurso en la Cuarta Conferencia Anual de Libros Infantiles y Juveniles en Español (1994), en San Diego, California, donde expuso sus argumentos para promover la lectura en México.

En 1997 el director editorial de la revista Algarabía recibió de la mano de Pacheco un disquete con este documento y la consigna: «Prométeme que lo publicarás con amplia difusión». He aquí su momento y la forma de cumplir esa promesa.

«La literatura», escribió Katherine Anne Porter, «es una de las pocas felicidades del mundo». Reivindicaba así el derecho de leer como un espacio de goce que debe estar al alcance de todo ser humano por voluntad propia, en modo alguno como algo impuesto u obligatorio. Leer con la naturalidad con que respiramos y hablamos. Leer como una parte indispensable de la vida, como un medio para vivirla de la mejor manera posible. Apenas cinco años han transcurrido entre el derrumbe del muro de Berlín y las inexpresables tragedias de Bosnia y Ruanda. Ya este breve periodo también puede caber entre un título de Dickens y otro de Balzac: Grandes esperanzas y Las ilusiones perdidas. Por vez primera desde que se inventó la idea del progreso y la edad de oro se situó ya no en un pasado inmemorable sino en un porvenir al alcance de la razón y el esfuerzo humano, sentimos que nos estamos quedando sin futuro: el mañana, tememos, será necesariamente peor que este presente asediado por nuestras lamentaciones. Abrir el periódico, encender el televisor, escuchar la radio producen cada día la sensación de que en todas partes se ha roto el pacto social, volvemos al estado de naturaleza, recaemos en la barbarie. Algunos, como Leonardo Sciascia, atribuyen todo esto a la erosión de la palabra escrita.

Un mundo sin lectura es un orbe en que el otro sólo puede aparecer como el enemigo. No sé quién es, qué piensa, cuáles son sus razones. Sobre todo, no tengo palabras para dialogar con él. Por tanto, sólo puedo percibirlo como amenaza. El futuro dejaría de serlo si pudiéramos predecirlo. La historia reciente ha desmentido a todos
 los profetas, lo mismo a quienes auguraron el Apocalipsis que a los que vaticinaron un porvenir de fraternidad, libertad y prosperidad para el planeta entero. Aprendamos la lección de la arrogancia vencida y seamos humildes. No puedo hablar de lo que vendrá y lo ignoro, sólo me es posible referirme a este presente que se me escapa y mientras me ocupo de él se vuelve parte del insaciable pasado.

Al tratar el tema es imposible
 rehuir el verse en el papel de alguien que 
hace un siglo, en noviembre de 1894, se presentara 
en público a intentar una defensa de la diligencia y el barco de vela frente a sus aniquiladores: el ferrocarril y el trasatlántico. Y sin embargo está en la naturaleza del progreso el devorar a sus propios hijos. Hoy
 nadie que pueda pagarse el avión se sube a un tren,
 los trasatlánticos fueron desplazados por el jet y sólo se emplean para cruceros. De cualquier modo nada 
se pierde y todo se transforma. Lo que desaparece
 de la vida cotidiana —tranvías, fuentes de sodas con mostradores de mármol, la mainstreet tradicional,
 la granja no tecnologizada— reaparece como Disneylandia, como la nostalgia de lo que no vivimos y nunca fue nuestro. La idealización del pasado ocupa el lugar de la memoria. Esperemos que dentro de veinte años no haya un parque temático dedicado a los libros.

No correspondería a la generosidad de ustedes al venir a escucharme si no me planteara la siniestra duda: defender hoy el libro y la lectura, ¿no equivale a negar la realidad abrumadora y hacer el elogio de la diligencia y el barco de vela? ¿No significa ponerse con los brazos abiertos en medio de las vías sólo para ser arrasado por la locomotora del progreso? La mínima honradez exige poner las cartas sobre la mesa y presentar mis credenciales. Soy un producto de la imprenta y un adicto a la letra.

Fuente: Algarabía

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