Discurso de Alberto Manguel al recibir el Premio Formentor de las Letras 2017

Fuente: Akantilado

Texto completo en WMagazín 23 septiembre de 2017.

Las lágrimas de Isaac. De cómo la lectura inventa la realidad

(…) La elaboración de un sistema coherente e integral de escritura ocurre dos milenios después, en algún lugar de Mesopotamia. (…) Con estos pocos y discretos trazos, aquel anónimo genio eliminó de golpe los dos más grandes obstáculos a los cuales todo ser humano se enfrenta, el tiempo y el espacio, y nos legó a nosotros, sus afortunados descendientes, una extensión casi ilimitada del poder de la memoria. La invención de la escritura nos concedió una suerte de modesta inmortalidad.

Eso sentí yo allá lejos y hace tiempo, la tarde, por ejemplo, en que, acompañando al joven Axel de Hamburgo, descendí por el volcán Sneffells al centro de la Tierra, siguiendo las huellas de Arne Saknussemm. Yo estaba allí, con esos intrépidos aventureros, allí en uno de los confines del mundo, allí en un siglo que no era el mío. Con el libro de Verne en la mano, yo me despojaba de mi identidad convencional, del nombre que mis padres me habían dado, de mi edad y nacionalidad declaradas en mi partida de nacimiento, de todo límite salvo aquel que mis temores imponían a mi incipiente curiosidad. Entonces supe, intuitivamente, que aquello que me alentaba no era una necesidad como respirar o beber agua, sino algo que yo no supe entonces nombrar y que ahora sé era deseo: el deseo de eso que aún no había ocurrido, que yacía más allá del horizonte y que se convertiría con el correr de los años en costumbre esencial. La lectura me ofrecía, y me ofrece aún, como espectador privilegiado, el reino de este mundo y de todo otro mundo imaginable, de manera más íntima y convincente que la realidad misma. Cuando muchos años después viajé a Islandia y me encontré a los pies del Sneffells, a pesar de la majestuosa belleza tangible del volcán, me sentí algo desilusionado.

(…)

Esta es la convicción que me guía a través de mis bibliotecas. Página tras página, volumen tras volumen, busco, conscientemente o no, esa fluida persona que, como el dios Proteo, cambia de mentalidad y de forma de año en año y de hora en hora. Mágicamente, caprichosamente, la encuentro en mis libros.

(…)

Esto es lo que hace la literatura: nos permite contar nuestra ancestral experiencia de tantas maneras como sea necesario, para poder leer en esas ficciones, aunque sea imperfecta y oscuramente, lo que sospechamos es la verdad. (…) 

Aprendí desde temprano que el arte del lector consiste en leer entre líneas. Relatar, escuchar, escribir y leer son nuestras prerrogativas.

(…)

El gran astrofísico Stephen Hawking dijo en una entrevista: «No exijo una teoría que corresponda a la realidad porque no sé qué es la realidad. La realidad no es una cualidad que puede ser probada con papel tornasol». Esto no es, por supuesto, una defensa de verdades alternativas. Para Hawking la realidad existe, aunque no tengamos una teoría que la demuestre. Estoy de acuerdo, salvo que para mí la prueba de realidad es la literatura. Por casualidad, en los anaqueles de una biblioteca de Nueva York encontré una voluminosa antología de poesía griega traducida al inglés, que me pareció interesante, y me puse a hojearla. En una de sus páginas descubrí un largo poema del siglo dieciséis sobre el sacrificio de Abraham.

Es un diálogo entre el padre y el hijo, y en las últimas estrofas, Isaac, aceptando su suerte al parecer inevitable, dice estas palabras a Abraham: «Padre, ya que no parece haber gesto alguno de misericordia desde lo alto, Ya que Aquel que juzga ha juzgado así, Te pido un solo favor antes de morir: Por favor, no me cortes el cuello insensiblemente: Abrázame amorosa y dulcemente al matarme. Así podrás ver mis lágrimas y escuchar mis ruegos». Esto es lo que hace la literatura: nos permite contar nuestra ancestral experiencia de tantas maneras como sea necesario, para poder leer en esas ficciones, aunque sea imperfecta y oscuramente, lo que sospechamos es la verdad.