“Leer me centra. No sólo me prepara y forma, sino que predispone el cerebro para empezar a escribir y a ser”

Pablo Zulaica Parra (Vitoria-Gasteiz, 1982). Licenciado en Publicidad y relaciones públicas por la Universidad de Navarra y creatividad publicitaria en COMPLOT (Barcelona) y El Semillero (Ciudad de México), se convirtió esencialmente al periodismo narrativo, pero siempre mantuvo el interés por la ortografía. Por eso un buen día de 2009 comenzó una iniciativa para recuperar las tildes perdidas en los anuncios que están en la vía pública. Ha publicado el cuento Los acentos perdidos (Lumen, 2010) y Un fin de semana en la coladera (Montena, 2014).

Publica como freelance en medios españoles y mexicanos. Ha participado en libros colectivos como Inquietos Vascones (Desnivel, 2013) o Antolojía 2009-2014, selección de textos de FronteraD (2014)

  • ¿Con qué libros comenzó tu afición lectora?

Los primeros libros que recuerdo fueron Platero y yo -me lo leía mi padre- y La isla del tesoro. A este me encantaba verle la portada, pero no sé si lo leí. Era muy pequeño. Mi lectura más activa era quitarle el periódico a mi padre en cuanto entraba en casa. Leía lo mismo libros de excursiones por Álava que fichas de minerales. Y lo que nos mandaban en el cole. Quizás los libros de Fray Perico, el personaje de Juan Muñoz Martín, fueron los primeros que me engancharon. La primera novela que leí completa sin que me indujeran fue Gump & Company, la secuela de Forrest Gump, durante unas vacaciones. Después, creo que Braveheart.

  • ¿Cuáles son tus escritores preferidos?

Fuera de la crónica actual, podría decir que a quien más he leído es a Albert Camus. Y un hallazgo alucinante para mí fue Haroldo Conti, que me recomendó un editor amigo. Si quieren reírse a carcajadas no me hagan caso, pero, si no, pueden leer Sudeste. Es una especie de El viejo y el mar rioplatense. Ficción, sí, pero sólo parece posible como una suma de verdades y de mucha observación hacia fuera y hacia dentro.

  • ¿Qué género literario te gusta más?

La crónica narrativa, por sus posibilidades de enseñarnos lo que sucede alrededor. Requiere precisión y creatividad y permite también el análisis. Aunque hay que leer otras cosas, desde luego. Hilando con la respuesta anterior, Ander Izagirre escribe como la seda y además le pone el humor que otros de mis favoritos me dejan a deber. Mis otras referencias del género son Martín Caparrós y Leila Guerriero. Y ahora abrí La isla de Sajalín, una crónica de Chejov que tiene más de un siglo, y me está gustando más que sus cuentos.

  • ¿Lees en papel y/o en formato electrónico?

Por mucho tiempo el libro electrónico no me sedujo. Pero viajo cuanto puedo, siempre con mochila de 55 litros, y aunque estoy la mayor parte del año en Ciudad de México, paso temporadas en casas diferentes porque no siempre hay sitio al regresar. Cuando viajo a casa descargo los libros que junté en papel, que por supuesto sigo leyendo porque no hay otro formato igual. Pero, sin una casa estable, más vale tener muchos otros en una tableta.

  • En vacaciones ¿qué libro no va a faltar en tu maleta?

Cuando pienso en un viaje largo suelo elegir crónica o ficción ambientada en el destino, o bien algún clásico para deshacer alguna deuda histórica. Muy probablemente me lleve algo de Paul Theroux o de Bruce Chatwin. Pero, de repente, me encontré con que siempre leo varios a la vez.

  • ¿Qué es para ti la lectura?

Respondería con café, pan con aceite de oliva, libros y editor de textos. Sin que suene muy sacrílego, o sí, lectura y escritura son dos caras de lo mismo, y solía decir que para mí eran como una religión. Como trabajo por mi cuenta, me dan la rutina, el ritmo que necesito para tener una vida ordenada y también, bien medidos, una posibilidad de mejorar y una razón de ser. Leer me centra. No sólo me prepara y forma, sino que predispone el cerebro para empezar a escribir y a ser, como si te diera la clave para empezar a hacer la música.

  • ¿Tienes en proyecto algún nuevo cuento u obra literaria?

Sí, una idea de cuento, pero, sobre todo, un libro de crónica a punto de entregar. Es “durante” viajes, porque, como suele suceder, el viaje en sí es sólo un pretexto, el esqueleto necesario.

  • En la Universidad de Navarra se celebra el club de lectura “Entre líneas” en el que una vez al mes se pone en común una lectura compartida. ¿Qué opinión te merece este tipo de actividad?

Me parece que lo más difícil es encontrar la vocación de cada uno, la región del mundo que te llama, el género de libros que te gusta más. Así que todo lo que sea dar a conocer, abrir puertas insospechadas, provocar sin obligar, me parece magia. Y en concreto, la pequeña lista que he encontrado en Entrelíneas me ha clavado el aguijón. ¡Proponéis el Cáucaso e Irán!

En 2009, mientras trabajaba en una agencia de publicidad. En esos términos, era una campaña de guerrilla. Te das cuenta de que a veces sólo queremos parecer correctos, que se vea la fachada de un producto o una marca, o de nosotros mismos. Pero, a veces, ni eso. Me llamaba la atención la cantidad de errores en la calle en carteles públicos, firmados, sobre todo, por instituciones. Veía poca vocación por cuidar el espacio común, especialmente de quienes, en teoría, quieren mejores ciudadanos. Sintetizando, veía niños inducidos a aprender mal y a no preguntarse por su entorno.

  • ¿Qué opiniones ha despertado esta acción ortográfica? ¿Alguna desde las administraciones?

En general, muy buenas. Pasó un año entero hasta que me decidí a empezarla, no las tenía todas conmigo. Vienes de un contexto donde quien escribe mal lo hace porque quiere y te encuentras con que hay quien hace lo que puede porque no tuvo tus oportunidades. No puedes decir siempre lo que piensas y tampoco es sólo verlo, lleva un tiempo entenderlo. Aunque siempre lo tomé como una llamada de atención, o a la atención, de quienes tienen responsabilidades sobre los ciudadanos. Pero también, bien hablado y sin dogmas, se puede defender que todo el mundo tiene derecho a conocer recursos para escribir mejor, no sólo los funcionarios.

Pasaron varias cosas: una multa por mal uso del mobiliario urbano, un aval de los jefes de quienes nos multaron por nuestra actividad “cultural y educativa”, invitaciones de escuelas públicas y privadas para dar charlas, un cuento para niños, una obra de teatro, un comercial de una marca de refrescos, una TEDx Talk y los talleres de redacción que ahora imparto. A la postre, significó dedicarme a escribir. Pero a ocho años de aquello tengo un discurso mucho más flexible, o eso creo. Veo lo fácil que es meter la pata, y en algunos contextos tolero las faltas sin que me sangren los ojos. Prefiero el fondo ante la forma, aunque la forma en sí, lo mantengo, también puede guardar mucho fondo. Si todo esto es muy largo, podemos reducir la búsqueda del proyecto a una palabra que se aleja de fallos y aciertos: actitud.

Muchas gracias por tu disposición, tan positiva y colaboradora.