Bibliotecas de ficción (Signatura 400)

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Las bibliotecas atraen a los locos, eso es así. Sobre todo en verano. ¡Ah!, claro, si cerrasen las bibliotecas en vacaciones, dejaríamos de verlos. No más locos, ni pobres, ni niños solos, ni estudiantes suspendidos, ni abuelitos, ni cultura, ni humanidad. ¡Cuando pienso que algunos alcaldes se atreven a cerrar las bibliotecas en el mes de agosto! Todo para ahorrar gastos de mantenimiento. Qué barbaridad. Figúrese: en una ciudad agobiada por el calor, cuando los sueldos son insuficientes, las tiendas están cerradas, las piscinas abarrotadas, los bolsillos vacíos, tus angustias agazapadas en la sombra y el asfalto reblandecido, cuando la casa de la cultura podría tender la mano a todos esos hijos perdidos en el océano de la sandez urbana, pues no, el señor alcalde cierra las puertas de la biblioteca. El muy infame. ¿Qué hará el abuelito en el mes de agosto? Yo se lo diré: se despertará el martes, se montará en el único autobús del día, caminará lentamente, paso a paso, hasta la puerta de la biblioteca y, una vez allí, cuando la víspera se había imaginado un agradable día climatizado hojeando sus periódicos preferidos, una vez allí, como una puñalada por la espalda, como el golpe de Estado del 18 de brumario, mi abuelito verá en la puerta el cartel traicionero: CERRADO HASTA SEPTIEMBRE. Y luego Durkheim se sorprende, de que haya más suicidios en verano… Es tan triste. No hay nada más triste que una biblioteca vacía. Quiero decir, una biblioteca abierta pero despoblada. Aunque eso pasa en cualquier época del año. Entonces te quedas como el tío Gilito plantado en su montón de oro. Porque, por muy dura que haya sido con usted, la verdad es que ¿qué haríamos nosotras sin los lectores?

Signatura 400, Sophie Divry

Wormy, el gusano literario.