Bibliotecas en la ficción (Matilda)

¿Quién no ha oído hablar de Matilda? Con sólo cinco años posee unos conocimientos asombrosos, es más, con tres aprendió a leer ella sola, y cuando su padre se negó a comprarle un libro se dirigió a la Biblioteca pública del pueblo.

 

portada-matilda_grande— ¿Sabías —le preguntó la señora Phelps— que las bibliotecas públicas como ésta te permiten llevar libros prestados a casa?

—No lo sabía —dijo Matilda—. ¿Podría hacerlo?

—Naturalmente —dijo la señora Phelps—. Cuando hayas elegido el libro que quieras, tráemelo para que yo tome nota y es tuyo durante dos semanas. Si lo deseas, puedes llevarte más de uno.

A partir de entonces, Matilda sólo iba a la biblioteca una vez por semana, para sacar nuevos libros y devolver los anteriores. Su pequeño dormitorio lo convirtió en sala de lectura y allí se sentaba y leía la mayoría de las tardes, a menudo con un tazón de chocolate caliente al lado. (…)  Resultaba agradable llevarse una bebida caliente consigo y tenerla al lado mientras se pasaba las tardes leyendo en su tranquila habitación de la casa desierta.

Los libros la transportaban a nuevos mundos y le mostraban personajes extraordinarios que vivían unas vidas excitantes. Navegó en tiempos pasados con Joseph Conrad. Fue a África con Ernest Hemingway y a la India con Rudyard Kipling. Viajó por todo el mundo, sin moverse de su pequeña habitación de aquel pueblecito inglés.