El libro del bolso

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NADA me humilla más que un elogio ni nada me espolea tanto que uno inmerecido, se entiende, y perdonen la obviedad. ¡Qué prisa por merecerlo retroactivamente! A cuenta de mi artículo del domingo, donde relataba mis dificultades para leer en la playa y mi cerril esperanza, una chica en Twitter escribió esta dulzura: “Voy a remitir a todos los que me preguntan por qué siempre llevo un libro en el bolso a este artículo de E. G-M”. Pensé: “Oh”, poniéndome colorado. Aquella columna no explicaba bien por qué hay que llevar siempre un libro en el bolso. A ver si ésta…

Un libro en el bolso es una reserva de tiempo significativo, capaz, no sólo de redimir, sino de hacer deseables cualquier plantón, pinchazo de coche, retraso de tren, huelga en el aeropuerto, cola de banco, gestión administrativa, llamada a un servicio de atención al cliente, consulta de médico o naufragio en isla desierta. Además, su peso hace que el bolso caiga mejor y da, de paso, más fundamento a los andares. Evita los tirones, por el peso, por supuesto, y porque los libros repelen a los ladrones. No sé si es algo alérgico o es que son claro indicio de pobreza. Lo tengo visto con mi coche, que dejo abierto, pero con libros dentro de guardia, y con mi casa.

Pobreza sólo monetaria, que un libro es un incomparable complemento vintage. Anillos, pendientes, pulseras y collares están bien, pero un volumen bajo el brazo o luciendo en la mano brilla, si no es bisutería, incomparable; y atrae la atención de los entendidos. Y el libro, como ahuyenta el sopor y como nada afea más que un gesto aburrido, es un eficaz tratamiento de belleza. Incluso si no se puede leer, no importa, porque irradia sus poderes como un talismán. Da otra dimensión -la profundidad- al discurrir plano y hacia abajo de las horas.

Todo esto es muy elemental. Así que, […], cuando alguien te pregunte -como a cada momento harán- por qué llevas siempre un libro en el bolso, lo más seguro es que el pobre hombre esté intentando, tímidamente, iniciar una conversación. Contigo, no con mi artículo. Tú y yo sabemos que sería más eficaz que se interesase por el libro que lees; y más aún que lo hubiese leído y te alabase breve pero intensamente el gusto; y muchísimo más que te dejase leer, mirándote -eso sí- de vez en cuando en silencio, de reojo; pero dale una oportunidad. No le remitas a aquel artículo. Ni a éste.

Enrique García-Maíquez