Si me disculpan la primera persona les contaré que pertenezco a esa tropa provincial de quinceañeros de los años ochenta (¡del siglo ya pasado!) cuya instrucción cultural contó con tres pilares: el boletín de venta por correo de Discoplay, la revista del Círculo de Lectores y el catálogo del Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. Digo boletín, revista y catálogo y no fondos porque pasábamos horas hojeando los primeros antes de aventurarnos –cosas del presupuesto- en los segundos. Haciendo de la necesidad virtud, se cumplía el aforismo de Juan Ramón Jiménez: “Para leer muchos libros, comprar pocos”. El paisaje no era muy distinto del que Augusto Monterroso dibujó en Los buscadores de oro (Anagrama), sus chispeantes memorias: las bibliotecas eran tan pobres que solo tenían libros buenos, algo que parece una bendición pero es todo lo contrario (solo con libros buenos no hay manera de construirse un gusto; qué sería de nuestro criterio sin tanto bodrio como nos hemos tragado). Curiosamente, a las librerías no les pasa lo mismo: las malas solo tienen libros malos, o sea, de hoja caduca.

bolsillo

La revolución estalló el día en que en una de aquellas librerías-papelerías con nombre de tienda de lámparas (¿Estiluz?) apareció una estantería urbanizada por el fondo completo del Libro de Bolsillo y con el catálogo colgando de una cuerda, como el péndulo de la sabiduría. Tendría por entonces un millar de títulos y nos entró la fantasía de que