En 1966, por iniciativa de su fundadora Jella Lepman, el IBBY (International Board on Books for Young People) estableció el 2 de abril como Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Se eligió esta fecha puesto que coincide con la conmemoración del nacimiento de Hans Christian Andersen, reconocido escritor danés.
Todos los años se elige un país para que patrocine el evento y, en esta ocasión, le corresponde a Chipre. Por primera vez, el mensaje y el diseño del cartel se han elegido mediante una votación en la que han participado niños de 19 escuelas distintas. Así, el mensaje ha sido escrito por Elena Perikleous y el cartel diseñado por Sandra Eleftheriou. La campaña de este año pretende destacar cómo «la lectura puede inspirar un cambio positivo hacia un mundo más verde y amable».
Aquí dejamos el mensaje de Elena Perikleous, titulado «¡Cultiva historias y el mundo florecerá!»:
«Érase una vez un niño que anhelaba vivir mejor que los héroes de los cuentos de hadas, que sólo vivían felices para siempre.
El niño crecía e iba cambiando. Leía y se convertía en Don Quijote, luchando contra molinos de viento, en Alicia, dando vida a las maravillas, en Robin Hood, salvando los bosques, o en un lobo, reuniendo manadas que cantaban a la luna.
Pasaron los años, pero el mundo permaneció intacto ante los cambios que soñó una vez.
A pesar de todo, el niño logró construir en el jardín del patio, un mundo completamente nuevo, lleno de todo lo que amaba.
Pasaron más años.
Y mientras los libros le susurraban sabiduría al alma, el niño supo qué debía hacer.
Cuando llegó el otoño, se labró la tierra y se plantaron las semillas.
Llegó el invierno.
El niño esperó pacientemente a que la blanca cubierta se derritiera, alimentado por la compañía de los libros.
Entonces llegó la primavera. Tiernas hojas aparecieron en los tallos.
Los troncos engordaron, las ramas se estiraron y brotaron los primeros capullos.
El alma del niño fl oreció, llena de colores y aromas.
¿Y el verano?
Era el tiempo de los barcos, veleros, globos aerostáticos, bicicletas… ¡la época de viajar lejos y a lo ancho del mundo!
Ahora el niño lo sabía, sin ninguna duda:
Esta era la manera de cambiar el mundo: convirtiéndose en un agricultor.
Un agricultor de historias mágicas, sembrando palabras, cultivando imágenes, cosechando maravillas, regando la imaginación.
Y así, las historias comenzaron a crecer y a extenderse.
¿Entonces?
El niño podaba con amor, regalando ramos a los transeúntes: ramos de paz, esperanza, fuerza y fe en lo imposible.
Ramos de pequeños milagros, para cada uno de ellos.
Cada primavera, el segundo día de abril, las historias que el niño había sembrado iluminaban el mundo con su fl orecer.
Ah, y a través de los talleres de jardinería, la sabiduría de la cosecha se transmitía a jóvenes y mayores por igual.
Y el jardín del niño se convirtió en el Jardín de la Esperanza, su patio, el Patio de las Maravillas, mientras el mago se mantenía fi rme, desenrollando los hilos rojos de las narraciones en la brisa.
Érase una vez un niño que anhelaba vivir mejor que los héroes de los cuentos de hadas, que sólo vivían felices para siempre.
El niño crecía e iba cambiando. Leía y se convertía en Don Quijote, luchando contra molinos de viento, en Alicia, dando vida a las maravillas, en Robin Hood, salvando los bosques, o en un lobo, reuniendo manadas que cantaban a la luna.
Pasaron los años, pero el mundo permaneció intacto ante los cambios que soñó una vez.
A pesar de todo, el niño logró construir en el jardín del patio, un mundo completamente nuevo, lleno de todo lo que amaba.
Pasaron más años.
Y mientras los libros le susurraban sabiduría al alma, el niño supo qué debía hacer.
Cuando llegó el otoño, se labró la tierra y se plantaron las semillas.
Llegó el invierno.
El niño esperó pacientemente a que la blanca cubierta se derritiera, alimentado por la compañía de los libros.
Entonces llegó la primavera. Tiernas hojas aparecieron en los tallos.
Los troncos engordaron, las ramas se estiraron y brotaron los primeros capullos.
El alma del niño fl oreció, llena de colores y aromas.
¿Y el verano?
Era el tiempo de los barcos, veleros, globos aerostáticos, bicicletas… ¡la época de viajar lejos y a lo ancho del mundo!
Ahora el niño lo sabía, sin ninguna duda:
Esta era la manera de cambiar el mundo: convirtiéndose en un agricultor.
Un agricultor de historias mágicas, sembrando palabras, cultivando imágenes, cosechando maravillas, regando la imaginación.
Y así, las historias comenzaron a crecer y a extenderse.
¿Entonces?
El niño podaba con amor, regalando ramos a los transeúntes: ramos de paz, esperanza, fuerza y fe en lo imposible.
Ramos de pequeños milagros, para cada uno de ellos.
Cada primavera, el segundo día de abril, las historias que el niño había sembrado iluminaban el mundo con su fl orecer.
Ah, y a través de los talleres de jardinería, la sabiduría de la cosecha se transmitía a jóvenes y mayores por igual.
Y el jardín del niño se convirtió en el Jardín de la Esperanza, su patio, el Patio de las Maravillas, mientras el mago se mantenía fi rme, desenrollando los hilos rojos de las narraciones en la brisa».
IBBY Chipre también ha lanzado una canción oficial titulada «The Little Gardener« («El pequeño jardinero») y un manual de actividades para jóvenes lectores, para fomentar que las bibliotecas y los colegios sean «huertos literarios» en los que puedan florecer, mediante las historias, la imaginación y la empatía.
