«La lectura por placer es el camino más sencillo y directo para introducirse en la vida intelectual»

José María Torralba López (Valencia, 1979) es catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra y director del Centro Humanismo Cívico del Instituto Cultura y Sociedad. Ha sido investigador visitante en las universidades de Oxford, Múnich, Chicago, Leipzig y Notre Dame. Es autor de Una educación liberal. Elogio de los grandes libros (Encuentro, 2022) y de numerosas publicaciones sobre ética, educación humanista y la misión de las humanidades. Fue director del Instituto Core Curriculum (2013-2022), donde actualmente es coordinador del Programa de Grandes Libros, que acaba de recibir el Premio Razón Abierta. Colabora con universidades internacionales en programas de formación humanista.


¿Con qué libros comenzó su experiencia lectora? 

Recuerdo un largo verano de mi infancia devorando la saga de Los Cinco, de Enid Blyton. No lo recuerdo exactamente, pero debí leer bastantes de los veinte volúmenes que tiene. Ya en la adolescencia, me atrapó El señor de los anillos. También guardo un recuerdo muy vívido de El camino y La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes. Me entusiasmaban las novelas históricas de tono épico, como El oriente en llamas o El último cruzado, de Louis de Wohl. En poesía, mis primeros pasos fueron con Miguel d’Ors. Leía también bastante teatro: Lope, Calderón, Mihura o Buero Vallejo. Pero quizá el autor al que más he regresado sea Stefan Zweig; aún recuerdo con emoción libros como La piedad peligrosa, La impaciencia del corazón o Magallanes.

¿Qué supone la lectura para usted? 

El mayor placer. Siempre que visito una ciudad y tengo algo de tiempo libre, intento pasar por una librería. Pocas cosas disfruto tanto como esos ratos hojeando libros sin prisa. Y siempre salgo con alguno bajo el brazo. Me gusta tener varios libros empezados, de géneros distintos. Cuando leí Como una novela, de Daniel Pennac, me impresionó esta idea: “El tiempo de leer, como el tiempo de amar, dilata el tiempo de vivir”. Hoy encuentro menos ocasiones para leer, y por eso valoro aún más cada momento dedicado a ello.

En Una educación liberal defiende el valor de los grandes libros en la formación universitaria. ¿Cuál fue el primero que le marcó como lector y profesor?

El primer gran clásico que recuerdo haber leído es Crimen y castigo, pero diría que el que más me marcó fue Anna Karenina. Lo leí con apenas veinte años, quizá demasiado pronto para poder hacerme cargo del profundo drama vital que contiene. Pienso que me ayudó a adentrarme en la vida adulta. 

Como profesor, me marcó la Odisea, que leí más bien tarde, pero que me ha acompañado de cerca estos últimos diez años, pues lo comentamos cada curso en clase. Nunca deja de admirarme, porque en él se advierten perfectamente eso que Gregorio Luri llama las “permanencias antropológicas”. Un texto que se acerca a los 3.000 años de antigüedad sigue emocionándonos e interpelándonos en lo más profundo. Como le gusta decir a mi colega Álvaro Sánchez-Ostiz, nos enseña que los humanos nos reconocemos (configuramos nuestra identidad) a través de las historias que contamos. La vida humana es esencialmente narrativa. Por eso los libros son tan necesarios: no nos hacen “mejores” moralmente, pero sí nos enseñan en qué consiste vivir como humanos.

En su libro plantea preguntas exigentes sobre el papel de la universidad. ¿Cree que hoy es posible recuperar esa visión humanista en un contexto tan orientado a la empleabilidad? ¿Qué tipo de papel podrían desempeñar las bibliotecas universitarias para acompañar o impulsar ese cambio?

Tengo muchos colegas que son pesimistas sobre el futuro de la Universidad. No sé si por carácter o por lo que me encuentro en la aulas al empezar cada nuevo curso, pero yo soy esperanzado. Me parece que la Universidad sigue siendo casa del saber y lugar de amistad. Tuve ocasión de escribir unas reflexiones sobre esto para el acto de jubilación de uno de nuestros grandes maestros, Juan Luis Lorda. 

La buena acogida que, de modo general, tiene el Core Curriculum entre nuestros alumnos es un claro signo de su sed de saber y afán por plantearse las grandes cuestiones de la existencia. Quizá es a los “adultos” (padres, profesores, directivos y gestores) a quienes a veces nos falta confianza en las nuevas generaciones: les colocamos el sambenito de que sólo les interesa lo útil y nos olvidamos de preguntarles qué es lo que de verdad esperan de nosotros al venir a clase.

La Biblioteca no es un servicio más, forma parte del alma de la Universidad. Sin bibliotecas no podría haber universidades. La bibliotecas son entes vivos que testimonian cómo se origina, desarrolla y transmite el saber. Diría que, en las circunstancias actuales, pueden contribuir a fomentar la visión humanista de dos maneras. En primer lugar, despertando en los estudiantes el placer de leer, de modo que la lectura se convierta en una de sus aficiones. En segundo lugar, luchando por que las bibliotecas sigan siendo el espacio natural de la investigación, ya desde la iniciación en los Trabajos de Fin de Grado. Internet, y ahora la IA, pueden llevar a que los estudiantes pierdan de vista la jerarquía de los saberes y de las fuentes de información. En una biblioteca eso se aprendía de modo natural: una enciclopedia o base de datos te llevaba a un libro o artículo concreto, luego este a otro, del que leías reseñas… y así ibas haciéndote una idea general del tema de estudio. Las bibliotecas podrían contribuir al uso crítico de la IA, siendo uno de esos espacios “libres de IA” de los que ya se está hablando, donde los estudiantes cultivan las competencias básicas para el aprendizaje y la investigación, que son las que necesitan para hacer un uso inteligente de la IA.

¿Qué aprendizajes ha obtenido como docente al trabajar con seminarios de grandes libros? ¿Hay alguna obra que le haya sorprendido por la forma en que impacta en los estudiantes?

He aprendido el poder educativo de la conversación culta, alrededor de una mesa, sobre las grandes cuestiones de la existencia. En los seminarios, el aprendizaje tiene lugar “en primer persona”, pues los temas no se tratan de modo general o abstracto, sino desde las historias que se leen y a través de las intervenciones de los estudiantes. Además, en contra de lo que a veces pueda parecer, son muy exigentes (de hecho, estas asignaturas las elige una minoría), pues lo que se evalúa es el rigor en la argumentación, oral y escrita. Desarrollan la capacidad de hablar, leer y escribir que, al fin y al cabo, es en lo que siempre ha consistido la esencia de la educación.

En realidad, todos los clásicos que hemos leído en clase me han “sorprendido” porque he comprobado que, con independencia del género y de la época en que fueron escritos, contribuyen al tipo que conversación que se busca en los seminarios. Si tuviera que destacar uno, me quedaría con Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, porque he visto cómo abría a muchos estudiantes la “puerta en el muro” para ver el mundo desde la perspectiva de la belleza y la trascendencia, superando las dos dimensiones de la visión pragmática. Es una obra compleja, construida como una obra de orfebrería, con varios niveles de lectura. Cuando el lector es capaz de llegar hasta el fondo, queda deslumbrado. Recuerdo un estudiante que tenía su ejemplar completamente subrayado y con decenas de marcadores de colores que sobresalían de las páginas. 

En su opinión, ¿qué necesita una buena biblioteca para serlo?

He tenido ocasión de investigar en varias bibliotecas universitarias de prestigio: la legendaria Bodleian Library oxoniense, The University of Chicago Library, la Bayerische Staatsbibliothek de Múnich o, actualmente, en la enorme torre de la Universidad de Notre Dame. Cada una tiene su personalidad, y no me gustaría parecer provinciano, pero si tengo que elegir una me quedo sin duda con la de la Universidad de Navarra. No puede competir con esas otras en fondos, ni en recursos o, a veces, “encanto”, pero –a su escala– tiene lo que toda buena biblioteca necesita: una colección cuidada, con los títulos relevantes de cada área (ahora, también, de modo online); acceso directo de los investigadores a los fondos; espacios de trabajo acogedores que invitan a pasar tiempo en ella, a convertirla en una segunda casa; un equipo de profesionales decididamente orientados al servicio del usuario (nunca he recibido un “no” por respuesta a mis peticiones o necesidades), con cierta vocación de Sherlock Holmes: les encanta el reto de encontrar un libro o documento que no aparece inicialmente en los buscadores; un excelente servicio de préstamo interbibliotecario; y, finalmente, iniciativas que fomentan la lectura como la colección PLC (Para Leer en Casa), los expositores con recomendaciones o los retos de lectura. Sólo tengo un “pero”: el sistema de clasificación de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos me parece claramente superior al nuestro. Tiene el riesgo de hacerte perder tiempo –porque descubres más libros de los que ibas a buscar–, pero ese es un buen problema.

¿Cómo le explicaría a un alumno recién llegado la importancia de la Biblioteca en sus estudios? ¿Por qué la lectura juega un papel tan arquitectónico en la formación de un buen universitario?

Le diría que la Biblioteca es más que un agradable lugar de estudio: debería convertirse en la primera fuente de información y recursos para su educación. El saber es jerárquico y eso se aprende de modo natural en la Biblioteca, especialmente si se va de la mano de su personal, especializado en guiar a quien busca algo. Cada vez va a ser más importante desarrollar criterio para saber distinguir lo relevante de lo que no lo es. La línea del buscador o del prompt de la IA puede llegar a resultar nociva si se carece de él.

Por otro lado, la lectura por placer es el camino más sencillo y directo para introducirse en la vida intelectual. Los libros nos ponen al alcance de la mano lo mejor de la humanidad: sabiduría, belleza, sentido. Ir a clase y llevar siempre un libro en la mochila es, probablemente, el mejor consejo que puedo dar para tener éxito en la universidad.

Si pudiera ser un libro, ¿cuál sería y por qué?

El Quijote, porque sus personajes encarnan los más altos ideales de la vida noble en lugares tan poco glamurosos como La Mancha (la mitad de mi sangre es de allí). 

Para terminar, tres deseos: uno para este curso que empieza, otro para los lectores y otro para este blog

Este curso será probablemente el de la “IA en la docencia”. Deseo que sepamos poner la IA en su lugar, sin dejar que eclipse el corazón de la enseñanza: la relación personal entre profesores y estudiantes. Para los lectores deseo muchos ratos de lectura placentera. Y para este blog, que siga transmitiendo la vitalidad y buena salud de nuestra Biblioteca.  

Muchas gracias por esta entrevista, pistoletazo de salida para este nuevo curso.