Montañas como islas, Forrest Carter, Duomo, 2009.
Una compañera de trabajo me recomendó este libro. “Es de unos cheroqui”, dijo. Y pensé: “¿por qué no leerlo?” Siempre me ha gustado la vida de los amerindios y su relación con la naturaleza.
En las primeras páginas supe que el libro me iba a gustar. Y al acabar de leerlo me entraron unas ganas locas de irme a la montaña para estar en contacto con la naturaleza y ponerme a escuchar a los árboles y a los animales. La novela transmite alegría y ganas de vivir. Y el mensaje es bien claro: el respeto por la naturaleza y las personas. Es un libro para aprender de la vida sencilla. La novela hace pensar, reír y llorar. Redescubre la bondad del hombre y el valor de la familia. Y las consecuencias de estar fuera de los cánones sociales reconocidos.
Al leerlo nos adentramos en el mundo de un niño de cinco años, Pequeño Árbol, que durante la depresión americana es cuidado por sus abuelos cheroquis en las montañas. El tiempo que pasa en la montaña, envuelto en un paisaje de ensueño le enseñará que la verdadera sabiduría consiste en aceptar el curso natural de la vida. Entre el abuelo que siente un profundo respeto por la naturaleza y no tanto por los políticos y la abuela que lee a Shakespeare, Pequeño Árbol aprende a escuchar la voz de la tierra, a estar en armonía con su entorno y a desconfiar de las autoridades. La novela, narrada desde el punto de vista de Pequeño Árbol, muestra los contrastes entre los cheroquis y los habitantes del pueblo más cercano.
Es de destacar la crítica sutil que se hace a la educación religiosa en uno de los capítulos. La intolerancia e ignorancia de los religiosos de la época frente a la sabiduría y sentido común de los cheroquis.
La forma en que está escrito hizo que, inmediatamente, sintiera gran empatía por Pequeño Árbol.
Montse Royo Taberner
