Volví a recorrer la biblioteca, olisqueando y acariciando algunos libros. No me gustó el rincón donde me habían puesto el ordenador: me parecía frío, de oficina. Intenté ver los libros que contenían los armarios y que, como era lógico, también debía clasificar, y descubrí uno cerrado. Aquel armarito misterioso, ignoro la causa, despertó mi curiosidad: era pequeño y de llave antigua, profundo y estrecho.»
Los amantes encuadernados, Jaime de Armiñán.
Wormy, el gusano literario.

